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Tuvo muchas veces competencia con el cura de su
lugar (que era hombre docto graduado en Sigüenza),
sobre cuál había sido mejor caballero, Palmerín
de Inglaterra o Amadís de Gaula; mas maese
Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que
ninguno llegaba al caballero del Febo, y que si
alguno se le podía comparar, era don Galaor,
hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy
acomodada condición para todo; que no era
caballero melindroso, ni tan llorón como su
hermano, y que en lo de la valentía no le iba
en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su
lectura, que se le pasaban las noches leyendo de
claro en claro, y los días de turbio en turbio,
y así, del poco dormir y del mucho leer, se le
secó el cerebro, de manera que vino a perder el
juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello
que leía en los libros, así de encantamientos,
como de pendencias, batallas, desafíos,
heridas, requiebros, amores, tormentas y
disparates imposibles, y asentósele de tal modo
en la imaginación que era verdad toda aquella máquina
de aquellas soñadas invenciones que leía, que
para él no había otra historia más cierta en
el mundo.
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